Aurora, estaba sentada en el taxi, presenciando
cómo sus ilusiones se iban dentro de aquella ambulancia. No quería llorar,
¿para qué si ya había derramado tantas lágrimas ya? Solo pensó que ya debería
estar acostumbrada a que las cosas rara vez funcionaran como una quería.
Tal vez la culpa era de ella misma y se
inventaba obstáculos para buscar su felicidad. Siempre estaba soñando con ese
amor ideal que traería pasión a su vida
tan insípida.
Había buscado desesperadamente, y se
había involucrado con hombres que solo querían pasar el rato. La razón le decía
que debería esperar, ser paciente, que ese hombre llegaría en el momento
oportuno. Pero con treinta y cinco años, ya no se podía tener paciencia, ya no
quería seguir despertando sola por las mañanas.
Entonces se metió cada vez más en la
búsqueda de amistades, fue a todas las citas a ciegas que le concertaron sus
amigas, asistió a todas las fiestas que la invitaron, y nada. Al parecer todos
los hombres interesantes, ya estaban ocupados.
Entonces, en un acto desesperado hizo
algo que siempre criticó: se inscribió en un sitio web para conseguir amigos
virtuales. Buscó por afinidad de intereses, y, hasta por afinidad astrológica. Conversó con muchos
hombres, también se dio el lujo de tener algunos encuentros que no
representaron gran cosa: cafés, helados, o nada en ocasiones. Estaba
desilusionada porque en persona, siempre estos amigos resultaban ser muy
diferentes al chat.
Cuando ya se había decidida a no seguir
buscando por este sistema, apareció «Sommelier», ese era su nick.
Sommelier, resultó ser un hombre
maravilloso, y lo mejor de todo: disponible. Era un poco mayor pero esto a Aurora no le importó. Parecía interesarse
por ella verdaderamente, un hombre que la incentivaba, un hombre que la enamoraba
con poesía, un hombre que parecía querer llegar primero a su mente antes que a
su cuerpo, un hombre que repetía siempre que no era sexo, que eran cosas más
profundas que lo atraían de ella.
Aurora no pudo evitar sentir una
especie de enamoramiento con todas estas demostraciones, se sentía en las nubes
cada vez que recibía un e mail de él pero como ella era demasiado extrovertida
se lo hacía notar de manera muy obvia a veces y él se retiraba hasta que ella
con una foto o alguna palabra lo atraía nuevamente. En persona nunca lo había
visto, sólo tenía una foto y había oído su voz en el teléfono pero con eso bastaba y cuando él le escribía sentía
una especie de corriente, una tensión sexual muy fuerte y ella se derretía
frente al computador. Desafortunadamente, con el paso del tiempo, comprendió que nunca pasaría nada más allá de
lo que había a través de los correos porque todas las veces que se pusieron de
acuerdo para verse, ocurría algún imprevisto que a él le impedía asistir a la
cita.
Aurora pensó que lo mejor era darle un tiempo
a él, para que él aclarara lo que sentía por ella. Esa fue la principal razón
que la había motivado ese fin de semana a salir de la ciudad.
El hostal era pequeño y familiar, se lo
había recomendado una amiga ya que era un lugar perfecto para estar a solas.
Muy tranquilo, estaba situado frente a una playa muy hermosa, de arenas blancas,
y aguas color turquesa. Era otoño, y ya no había muchos turistas.
Ese día viernes llegó casi de noche, se
registró y luego fue acompañada por la dueña de la casa hasta su habitación:
una señora de rostro amable. Cuando estuvo sola se desvistió para meterse a la
tina enorme que estaba en el baño. Estuvo casi una hora sumergida en el agua
hasta que sintió frío, luego se fue a la cama que también era muy grande, como
para dos pensó con ironía y casi contra su voluntad se durmió enseguida.
A la mañana siguiente se levantó
temprano y bajó a desayunar, escogió una mesita que estaba junto al ventanal
para poder apreciar el mar, siempre el
sonido del agua la relajaba aunque fuera la de la llave del lavaplatos.
Estaba ahí, desayunando cuando de
pronto se sintió observada, levantó la vista y en una mesita un tanto alejada
de la suya pudo ver a un hombre que le sonreía, por un instante no se percató
ya que estaba muy absorta en sus pensamientos pero luego lo reconoció: era él.
Volvió a mirarlo, pensó que eran alucinaciones, pero no, era la misma sonrisa
de la foto, esa que tanto le gustaba. Su primer impulso fue huir así que se paró
tan rápidamente que tiró la silla. Caminó hasta la playa pero él la siguió, la
llamaba pero Aurora no quería detenerse. Cuando por fin le dio alcance, la
cogió fuertemente para que no volviera a escapar y la besó, ella se resistió al
principio pero poco a poco comenzó a ceder y se abandonó a sus caricias, sus
besos eran suaves, eróticos, provocadores.
No opuso resistencia cuando el hombre
la tomó de la mano y la condujo hasta el hostal.
Ya dentro de la habitación, no
hablaron, sólo se concentraron en un forcejeo por quitarse rápidamente las
ropas y adentrarse en un torbellino de sensaciones tan intensas que Aurora no
tuvo tiempo para pensar en nada, simplemente se dejó llevar.
Luego conversaron tendidos en la cama,
tomados de la mano como adolescentes. Aurora comprendió que él sentía lo mismo,
también tenía miedo, inseguridad de dar ese paso para aproximarse a ella, pero
ahora que ya estaba hecho no se arrepentía y le aseguró que era lo mejor que le
pudo pasar en la vida, y para demostrárselo la besó largamente. Ella
correspondió con pasión.
Nunca se había sentido tan deseada, los
labios de él recorriendo cada centímetro de su cuerpo, excitándola hasta lo
imaginable logrando que ella también quisiera con su propia lengua devolver
tanto placer, oírlo gemir, sentirlo temblar tal como él hacía hacía con ella.
La noche se les volvió día y pasaron
las horas amándose, ella se aprendió la piel de él, y él no dejó ningún milímetro de ella sin
conocer.
En algún momento se dieron cuenta que
ya era tarde y era hora de volver. Él prometió que seguirían viéndose, que
sentía cosas muy fuertes por ella, que aún no tenían nombre, pero aun así existían, y estaban ahí, latentes. Aurora prefería no
pensar en eso por ahora, no sabía si creer o no, y sin embargo era hermoso mantener esa
ilusión, le hacía muy bien a su corazón.
Él partió primero y sacó la mano por la
ventanilla del auto para despedirse,
ella se lo quedó contemplando
mientras se alejaba, y después
volvió al hostal para liquidar su cuenta y recoger sus cosas. En la habitación,
miró la cama hecha un desastre y sonrió. Guardó todo lentamente, no tenía prisa.
Se despidió de los dueños, quienes
expresaron el deseo de tenerla
allí nuevamente. Esta vez la señora le sonrió y el marido le cerró un ojo.
Aurora sintió que enrojecía pero disimuló, le dio un beso a ambos y salió. Un
taxi la esperaba para llevarla a la estación de trenes.
El cielo estaba despejado porque había llovido un poco la noche
anterior y los árboles con sus hojas ya muy amarillas lograban un paisaje impresionante.
El conductor del taxi bajó la
velocidad, al parecer había ocurrido algo, gente mirando y la presencia de una
ambulancia a un lado del camino daban prueba de ello, el taxi pasó lentamente y
Aurora pudo observar que metían en ella un bulto cubierto.
Unos metros más adelante había un
vehículo volcado, el conductor iba hablando acerca de lo peligroso que se
vuelven los caminos con las primeras lluvias pero ella no lo escuchaba, estaba
concentrada mirando el auto casi irreconocible que estaba vuelto de campana,
con el parabrisas destrozado.
Le gritó al taxista para que se
detuviera. El hombre asustado frenó y la miró por el espejo retrovisor, le
preguntó que le sucedía. Ella, blanca como el papel no respondió.
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Hermoso y triste, muy triste. Con tu relato experimenté cada ilusión, cada esperanza y, por último, la angustia. Precioso
ResponderEliminarUn abrazo ;)
Gracias Yaneth, me alegro que te haya gustado. Un abrazo para ti :-)
EliminarUfff, los pelos de punta tras el final!!!Me ha encantado.
ResponderEliminarBesitos
Que lindo, y que triste. Muy bueno!
ResponderEliminarQue lindo, y que triste. Muy bueno!
ResponderEliminarGracias chicas, feliz de que les haya gustado. Me sentía al debe con el de los sapos :-)
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