19/1/13

Tentación Prohibida / Parte 1




Las campanas de la iglesia del pueblo llaman a la misa de doce como todos los domingos. Es el día de cumplir con el rito, sagrado para algunos, trámite para otros; sin embargo, es la reunión obligada en el pueblo, no solo van a escuchar el evangelio y el sermón, sino también para ver a las amistades, conversar, y  enterarse de los últimos chismes. Es el único día de la semana en que se juntan en un mismo lugar los feligreses que llegan en automóvil, y los que se transportan en carretas.

Así mismo, es la ocasión para vestirse con los mejores atuendos, con la «ropa dominguera», ya que la mayoría de las veces, algunas familias acuerdan almorzar  en un restaurante,al terminar la misa.

Nadia está en su habitación terminando de arreglarse para salir con su tía, pero debe apresurarse porque le gusta sentarse en el banco de la primera fila para no perderse, según cree la buena señora, ningún detalle de la eucaristía. 

Este domingo se ha esmerado más que otras veces. Su vestido es de color negro y muy ajustado, tiene el cuello en forma de bote y sin mangas, lo que hará que su tía la obligue a llevar un velo negro que la cubrirá hasta los hombros.

La prenda a pesar de ser sobria, se pega a su cuerpo dejando de manifiesto sus caderas redondeadas, y sus senos generosos. Mientras se pone las medias, también negras, sonríe maliciosamente porque sabe que él la mirará aunque no se proponga hacerlo. Antes de calzarse los zapatos, se mira en el cristal, y muy segura de sí misma, le gusta lo que ve: pelo largo y lacio, negro como el azabache; ojos grandes y expresivos; labios carnosos y piel muy blanca, que hace un perfecto contraste con el color de la ropa. Finalmente, se pone unos zapatos negros de gamuza de tacón alto, y se da un pequeño paseo frente al espejo de tres caras para tratar de verse en todos los ángulos. 

Cuando está totalmente satisfecha de su arreglo, saca del primer cajón de la cómoda, un velo negro de muselina, y toma la pequeña cartera que está encima de la cama. Antes de salir, le sonríe a su reflejo. Está preparada para ir a la iglesia, pero no para escuchar la misa, o comulgar, sino para conquistar a un hombre; se ha propuesto no permitir que pase otro domingo sin llamar la atención de Juan Santamaría. 

La iglesia está rebosante de feligreses, pero los puestos que suelen usar Nadia y su tía, están desocupados. Persona alguna osa a sentarse en ellos, porque la anciana señorita tiene un carácter de los mil demonios; justo al llegar ellas, se hace un silencio cargado de murmullos, indicio de que la misa empezará en breve.

Entra el sacerdote  muy serio acompañado de dos monaguillos para dar comienzo a la liturgia. Los feligreses levantan la mano para hacer la señal de la cruz en sus rostros, y Nadia que está a escasos diez pasos del cura, en el momento del amén, se deja los dedos más de lo habitual en los labios entreabiertos, y mira decididamente a Juan Santamaría, quien se pone rojo y emite una carraspera. La tía que no se da cuenta de la situación, sigue rezando el rosario; sin embargo, el hecho no pasa desapercibido para las personas que ocupan las bancas cercanas a ellas; entonces, los codazos y las miradas no se hacen esperar.

Nadia se conoce de memoria el rostro del padre Juan, pero no se cansa de admirarlo, sus ojos tan azules como el océano que debió atravesar para llegar a estas tierras, con esa mirada que parece abarcarlo todo de una sola ojeada y ese acento español, que para ella resulta tan seductor. 

Ella lo imagina recitando frases ardientes en su oído. Qué no haría para que ello sucediese. Cuando el padre alza la voz durante el sermón, la resonancia que se produce por los cielos abovedados de la iglesia, Nadia la interpreta como la fuerza viril del sacerdote cuando la monte, y dos lágrimas de felicidad corren por sus mejillas, está segura que es el anuncio de placer que Juan Santamaría le hace.

Ella ha estado viniendo todos los domingos sin falta a la misa, desde que el cura llegó al pueblo, y sabe que otras también estuvieron enamoradas de él, pero poco a poco se fueron dando por vencidas, con orgullo advierte que es la única que ha sido fiel al sentimiento por más de cuatro años porque su amor es verdadero. Podría conformarse con una estimación platónica, pero dentro de sí, reconoce que ella quiere más que eso, no le basta con amarlo, debe poseerlo.

En una ocasión, Nadia fue atrevida y en el confesionario le habló de su amor, en su desesperación llegó a ofrecerle suculentos donativos para sus obras de caridad si la hacía suya aunque fuera una vez. Juan Santamaría rechazó su oferta rotundamente, diciéndole que él creía en el celibato y se debía a la iglesia.

En otra oportunidad, entró a escondidas a la sacristía cuando concluyó la misa, Juan estaba quitándose la estola, y ella se abalanzó sobre él para besarlo pero nuevamente tuvo que sufrir la humillación del rechazo. Ella insistía en confesar su amor, le rogaba que dejara los votos por ella, pero él se comportaba como un muro de piedra, no escuchaba nada de lo que ella quisiera decir. 

Por eso hoy, Nadia se jugará la carta decisiva. Existen rumores que indican que el próximo domingo, Juan no estará porque vuelve a su tierra. Ella no puede dejarlo partir así, sin más.

Antes de concluir la misa, en el momento de la comunión, se escurre sin ser vista hasta la sacristía. Junto a esta hay una habitación muy pequeña para uso personal del sacerdote. Ella sabe que él siempre pasa por ahí antes de retirarse a su casa. Nadia se desnuda con el valor que le da el enojo por los repudios recibidos y se recuesta en el camastro para esperarlo allí.
Continuará...

Pilar Lepe



2 comentarios:

  1. Intrigante el capítulo. Me ha gustado mucho. Un beso grande. Que pases buen fin de semana.

    ResponderEliminar

Gracias por tus palabras