Con los nervios a flor de piel, Nadia escucha los sonidos provenientes de la sacristía, el padre se despide de los niños y comienza con los preparativos para retirarse.
Advierte el eco de los pasos de Juan, yendo de aquí para allá sobre el piso de madera, cuando cree que se acercan para entrar hacia donde está ella, se alejan nuevamente. Luego se oyen ruidos metálicos, debe estar guardando el cáliz grande y las ostias. De pronto los pasos se retiran, hacen un sonido diferente, son las baldosas de la iglesia, seguramente está comprobando el nivel de agua bendita de las fuentes de mármol ubicadas a la entrada.
Han pasado quince minutos y Nadia está cada vez más nerviosa, no sabe si debe arrepentirse de lo que está a punto de hacer, pero no, le costó mucho decidirse llegar hasta acá como para echar pie atrás. Tiene mucho que ganar y poco que perder: tan solo un último rechazo.
Mientras tiene un debate con su conciencia, Nadia no escucha los pasos llegando hasta la habitación. Un leve ruido delata a la figura que se acerca al camastro, ella levanta la vista sorprendida y descubre a Juan observando con admiración el precioso cuerpo tendido en su lecho.
Sin palabras él se acerca. Nadia con una sonrisa triunfante estira sus brazos y envuelve el cuello de él, invitándolo a recostarse junto a ella. Juan la besa apasionadamente mientras con manos torpes recorre el cuerpo incitante de Nadia. Con júbilo ella comprende que él no tiene experiencia, experimenta la dicha de ser la primera mujer en la vida de Juan.
La tarde corre de prisa para los amantes. Esta vez Nadia no habla de su amor, y Juan no hace comentario alguno. Ella está feliz, cree que tomó la decisión correcta: el padre estaba esperando a ser seducido. Piensa que ahora, él no será capaz de irse, abandonará la iglesia y se casará con ella. Casi al amanecer, Nadia se duerme sobre el pecho de Juan, con sus piernas entrelazando las de él para que no tenga posibilidad de escape.
Ya es de noche. Nadia despierta en el camastro del padre, al no verlo junto a ella se preocupa, pero después calcula que debe estar arreglando sus cosas para irse con ella. Luego se estira como una gata satisfecha antes de levantarse. Se viste lentamente, pensando cómo le contará a su tía lo sucedido. De seguro ella la va a censurar, pero eso no le importa, se marchará lejos con el amor de su vida.
Los tacones de sus zapatos resuenan en el piso de madera, después de evaluar la mejor salida, Nadia decide que lo mejor es hacerlo por la puerta principal de la iglesia, si la ven pensarán que seguramente había ido a rezar el rosario a esa hora de la mañana. Para sus adentros ríe por estar elucubrando esas ideas en lugar sagrado, de seguro ella no se irá al cielo al morir, pero eso la tiene sin cuidado ahora.
Nadia camina despacio fuera de la sacristía, pasa al costado del púlpito y avanza hasta el altar, repentinamente siente un frío extraño y se frota los brazos para que entren en calor. Se apresura a bajar los escalones que separan la mesa sagrada de las bancas, será mejor salir luego de allí.
Ya está en mitad de la nave central cuando advierte que había una sombra sobre los escalones cuando pasó por allí, una silueta que su cerebro registró como poco importante. Sin embargo, Nadia se siente sobresaltada. Mira en todas direcciones y no ve nada. Camina entre las bancas y tampoco encuentra algo significante, a no ser las sombras de las estatuas de yeso.
Está a punto de retirarse de la búsqueda, cuando oye un ruido proveniente del presbiterio. Nadia se acerca a mirar, tal vez sea Juan que volvió. Sube los tres escalones y no ve nada. Gira sobre sus talones para devolverse cuando algo llama su atención: está parada sobre una sombra en un lugar que no alcanzan las siluetas de las estatuas. Con paso resuelto se aproxima y la escena que tiene ante sus ojos es imposible de creer: Juan Santamaría, vestido con sotana pende de una cuerda alrededor de su cuello. Ella no lo vio antes porque estaba semi oculto por unas gruesas cortinas, al costado opuesto de la sacristía.
Los gritos enloquecidos de Nadia se oyen desde lejos. Antes de perder del todo la cordura, los últimos pensamientos que acuden a la mente de Nadia, tienen relación con el costo de su ganancia: por una tentación prohibida, en sus brazos se perdió la convicción de un hombre, y con ello la vida.
Pilar Lepe

Me encanto,,,, no pude parar de leer. Un abrazo!!
ResponderEliminarMuy buen relato.Ya espero el proximo.
ResponderEliminarMuchas gracias por leerlo. Este ya no tiene continuación. En este blog hay algunos más, pero en mi blog hay bastantes, para todos los gustos.
ResponderEliminarNuevamente, gracias!