Vivimos malos tiempos para el periodismo, es cierto, a nadie le cabe duda y está a la orden del día, pero también son malos tiempos para la justicia, para la sanidad, para el comercio e, incluso, para la ingeniería de minas, por ejemplo. Aún así, amante desde bien pequeña del oficio de escribir, de unir letras para formar palabras, frases y después redacciones, cuentos y, más tarde, artículos periodísticos, me resisto a que este bien tan preciado como tenemos los “plumillas” y que es nuestra principal herramienta de trabajo, entre en una espiral de crisis y declive que la hundan en la tumba de la incultura.
Soy usuaria de las nuevas tecnologías, reconozco el valor de las redes sociales, soy consciente de que hoy día la comunicación es más global, más sencilla y más accesible a los habitantes de este primer mundo, pero no creo que eso sea la panacea de la “buena información”.
Me hago estas reflexiones en unos días en los que mi hijo preescolar se inicia en el bello mundo de la escritura y pasa de escribir su nombre y las cinco vocales a unir las primeras sílabas. Al “pa, pe, pi, po, pu” y “la, le, li, lo, lu” seguirán el resto de consonantes, siempre bien adiestrado por una paciente educadora que ha decidido dedicar su vida a la docencia, a instruir a esos “locos bajitos” que empiezan su andadura de cuaderno y mochila, y que contará siempre con mi más voluntariosa ayuda, porque creo firmemente en la educación, y para mi la educación va unida a la alfabetización, a la lectura, al conocimiento del mundo a través de las letras y de los viajes.
Por eso me indignan sobremanera los ERE en que algunas empresas y editoriales de prensa entran tan alegremente en los últimos tiempos, dando más valor a la foto y los cuatro símbolos que puedan colgar en Internet que a una buena crónica informativa escrita por un corresponsal que nos cuenta la realidad de un país o una ciudad desde sus entrañas, que no está allí de vacaciones sino que destripa la vida diaria de sus ciudadanos, de sus mercados, de sus escuelas…
Se han creado escuelas, facultades de letras, grandes campus universitarios en los que pasamos varios años de nuestras vidas y parece que, al final, el poder de la palabra, de la creación escrita, base de toda sociedad civilizada, se menosprecie y se tape a golpe de tecla inexperta, y que los que hemos decidido ganarnos el plato de guiso diario defendiendo el mundo con lápiz y papel, nos veamos obligados a sucumbir a míseros sueldos, al peor rincón de la empresa o al último lugar de la fila en busca de un oficio que sigue siendo más que digno. Perdonadme, la indignación me invade, la impotencia también, y mi única protesta es el papel y, como siempre, las letras.
Marta
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