«Ahí
está Pablo, como siempre, mirándome las piernas por debajo del escritorio. Es
un baboso, me dan ganas de tirarle un balde de agua fría, pero no lo hago
porque tiene coche, y me lleva a casa. Si no fuera por eso…
Trabajamos
hace dos años en la misma oficina de correos, recuerdo que nos entrevistaron el
mismo día, inducción al mismo tiempo, y nos asignaron al mismo departamento, es
decir, hace dos años que veo lo mismo: Pablo mirando lo que se ve, y adivinando
lo que no se ve.
Desgraciadamente,
siempre ha estado ahí cuando he roto con algún novio, y queriendo convertirse
en mi paño de lágrimas, a pesar de que le he dicho que no era necesario. Entonces,
eso ha servido para crear un extraño vínculo entre nosotros. Porque a pesar de
que lo detesto, estoy acostumbrada a verlo ahí todos los días, mirándome desde
su escritorio con ojos de carnero degollado.
A
veces me atacan los remordimientos por
dejar que tenga esperanzas conmigo, pero cuando veo su cara llena de granos
adolescentes que ya no debiera tener un hombre de veinticinco, se me olvidan
todos los escrúpulos, y sigo disfrutando, de los cigarrillos y las gaseosas que
me trae todos los días.
A
diario me miro en el espejo antes de salir de casa, y no veo nada
extraordinario en mí: morena, pelo negro, baja estatura, ni gorda ni flaca pero
eso sí, con las pechugas y el trasero bien puestos en su lugar. En ese momento pregunto: ─¿por qué le gustaré tanto a Pablo?─
, pero no obtengo respuesta. Solo sé que está loquito por mí, aunque yo soy
mayorcita que él, y creo que tendría que estar muy desesperada para hacerle
caso.
Prefiero
tenerlo ahí, adorándome desde lejos, y permitiéndole
acompañarme a casa para que disfrute de mi compañía. Lo siento, pero la vida es
así. Solo en los cuentos, los sapos se convierten en príncipes, y a mí, no me
agradan los sapos»

Me ha encantado. un beso
ResponderEliminarMe ha encantado. un beso
ResponderEliminarGracias Bea. Que bueno que hayas entendido que es una historia ficticia. Solo para entretener.
EliminarUn abrazo.
Pilar