Estaba
sentado en la terraza de aquel bar, absorto en sus pensamientos, tomándose un
buen café. Aquel lugar tenía fama precisamente por los cafés que preparaban. Su
aroma podía olerse desde la bocacalle, donde empezaban las terrazas de aquella
concurrida zona del centro. Siempre, desde hacía ya muchos años, iba allí
cuando podía para deleitarse con aquella delicia. Le encantaba el buen café. Le
encantaba aquella terraza desde donde, en multitud de ocasiones, pasaba horas
observando a los transeúntes que, ajenos a su mirada, avanzaban rápidamente,
perdiéndose a lo lejos, continuando con sus vidas.
Había pedido al camarero que le
trajese un periódico para ojearlo mientras tanto. Tenía todo el tiempo del
mundo. Desde que se había jubilado no tenía mucho que hacer y tiempo, era algo
que le sobraba. El camarero le llevó a la mesa el diario y lo saludó como
siempre. Era el más veterano. A pesar de que aquel local había sufrido varias
reformas y cambiado de dueños, ese camarero había sobrevivido y formaba parte
perpetua de aquel escenario. Era la marca indiscutible de que se encontraba
allí, en el lugar de siempre.
Aquel día de muchos, un desconocido
se le acercó y le pidió permiso para sentarse con él. Al principio se extrañó y
estuvo a punto de darle una negativa por respuesta. No lo conocía de nada. Pero
después de pensárselo durante un instante, accedió amablemente. Podría ser
interesante. Miró a aquel extraño de arriba a abajo, escrutando su apariencia
mientras tomaba asiento. Era un chico joven, no llegaría a los dieciocho. Pensó
en que por la diferencia de edad, podría ser su padre. Al joven se le veía
preocupado, no hacía más que mirar, nervioso, en todas direcciones.
— ¿No te habrás metido en un lío? —le preguntó.
—...no...
bueno... —titubeó el chico.
Entonces, decidió dejar las cosas
claras desde el principio. No quería complicaciones, así que le dijo:
—Si quieres charlar, no tengo ningún inconveniente, pero no quiero problemas. ¿Me has entendido? —dijo mientras cerraba el periódico y lo dejaba lentamente en un extremo de la mesa.
—Si quieres charlar, no tengo ningún inconveniente, pero no quiero problemas. ¿Me has entendido? —dijo mientras cerraba el periódico y lo dejaba lentamente en un extremo de la mesa.
—Eee... si. No tiene por qué preocuparse, se lo prometo —dijo con voz temblorosa.
—Bueno, pues... ¿Eres de por aquí?... —dijo entablando conversación.
El joven se pasó las manos por su
enmarañado cabello castaño, se frotó sus rojizos ojos y suspiró largamente.
Miró a aquel extraño y cuando sus ojos se cruzaron con su mirada, los apartó
rápidamente y se giró de medio lado. Rehuyendo.
—A ver
—dijo mientras tomaba un sorbo de café—. Tranquilízate. Quieres tomar algo... Yo te invito.
—No.
Perdone. Tengo dinero... ya que es tan amable de acogerme en su mesa y me
permite hacerle compañía, deje que yo le invite.
Aquel chico le pareció muy educado.
Sí señor, unos buenos modales, como a él le gustaba. Siempre había entendido
las diferencias entre generaciones pero una de las cosas que siempre echaba de
menos era el desaparecido respeto de los jóvenes a los mayores. En su época
aquella disciplina había sido grabada a fuego y era algo que en los días de hoy
se hacía difícil de encontrar. Pero aquel chico, la tenía. Eso le hizo
relajarse y abrirse hacia él.
—Pues
me parece bien —respondió con una sonrisa—. Pídeme
otro café. Solo, por favor.
—Muy
bien. Yo tomaré lo mismo.
El chico se levantó y entró en el
bar para encargar la consumición. Al poco rato salió y volvió a sentarse en la
terraza. Entonces el señor retomando la conversación le preguntó:
— ¿Eres de por aquí?
—Pues
sí —respondió—, vivo un par de calles más abajo.
—Ah,
que suerte, esta es una zona muy bonita. Yo diría que de mis favoritas en esta
ciudad. Y a qué te dedicas, estudias, ¿no?.
—No.
Ahora mismo no puedo estudiar. He tenido que dejar los estudios para ayudar en
casa.
—Pues
que pena. Lo siento mucho. Pero no desesperes, seguramente podrás retomarlos
más adelante. Nunca es tarde.
—Ya.
Eso ya lo sé pero ahora no es posible. Es necesaria mi ayuda en casa...
—Y...
si puede saberse, ¿cuál es el problema?, ¿económicos, tal vez?
—No,
gracias a Dios, tenemos dinero. Es por cuestión de cuidados...
—Ah,
entiendo —interrumpió—. Seguramente tienes un familiar
enfermo al que has de cuidar.
—Pues, si. Es
exactamente eso. No me queda tiempo libre para nada. He de estar todo el día
cuidándole.
— ¿Y
ahora?, estás descansando un poco, me imagino. Desconectando.
—Claro.
Hay que tomarse algún respiro. Tomarse un poco de tiempo para uno mismo. Y
siempre suelo acabar aquí, en esta mesa de esta terraza. Tomando un buen café,
antes de volver a casa.
—Eso
me gusta. Este bar me gusta. Yo también suelo venir muy a menudo desde hace ya
muchos años. Sin embargo, no me doy cuenta de haberte visto antes.
—No se
dará cuenta. Yo a usted si que le recuerdo de otras ocasiones.
—Bueno,
has de perdonar a este pobre viejo. Ya se sabe que a ciertas edades la
memoria... juega malas pasadas.
—Pues
la verdad es que si. Pero no se preocupe.
Entonces se formó un largo silencio
en aquella terraza. Los dos se miraban sin decir nada. Él miraba al joven con
pena. Parecía buen chico y además educado. Sentía mucho el hecho de que no
pudiese llevar a cabo su vida por estar cuidando de un familiar.
El joven, seguía preocupado,
nervioso. Debía decirle algo a aquel hombre y no sabía cómo. Estaba cayendo la
noche y se hacía tarde. Debía irse. Entonces se dirigió a él, tranquilo pero
con tono serio.
—Bueno,
tenemos que irnos. Empieza a hacer frío. ¿Si es tan amable, podría
acompañarme?.
—¿Yo?,
¿acompañarte?. ¿Porqué iba a hacer eso?, no nos conocemos de nada.
—Venga,
no me lo pongas más difícil, por favor.
—No
entiendo nada. ¡Pero quién te crees que eres!
—Venga
conmigo —insistió—, por favor. Le llevaré a casa —dijo mientras se levantaba y le cogía por un brazo.
—¡Déjeme!
—le gritó, mientras de un tirón se soltaba —. ¡No me toque o llamaré a la policía!
—Por
favor... Papá. Deja que te lleve a casa...
Sigo aquí by Tony A. Fabeiro is licensed under a Creative
Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Ooohhh! Conmocionada estoy con este relato, el Alzheimer es así de cruel.
ResponderEliminarSaludos, Mó
La verdad es que si...
EliminarGracias por venir hasta aquí.
Un abrazo grande.
Hola Tony, muy buen relato, me enganchó hasta ese final inesperado.
ResponderEliminarSaludos.
Un final que desvela lo dura que puede ser una situación cotidiana, inocua, a los ojos del espectador externo, pero dura y difícil para quien conoce su significado completo... en fin, como la vida misma.
EliminarMe alegro de que te haya gustado, y me ha hecho mucha ilusión verte por aquí. Gracias.
Te dejo un fuerte abrazo.