11/5/13

Sábado de Relatos: Sigo Aquí




Estaba sentado en la terraza de aquel bar, absorto en sus pensamientos, tomándose un buen café. Aquel lugar tenía fama precisamente por los cafés que preparaban. Su aroma podía olerse desde la bocacalle, donde empezaban las terrazas de aquella concurrida zona del centro. Siempre, desde hacía ya muchos años, iba allí cuando podía para deleitarse con aquella delicia. Le encantaba el buen café. Le encantaba aquella terraza desde donde, en multitud de ocasiones, pasaba horas observando a los transeúntes que, ajenos a su mirada, avanzaban rápidamente, perdiéndose a lo lejos, continuando con sus vidas.


            Había pedido al camarero que le trajese un periódico para ojearlo mientras tanto. Tenía todo el tiempo del mundo. Desde que se había jubilado no tenía mucho que hacer y tiempo, era algo que le sobraba. El camarero le llevó a la mesa el diario y lo saludó como siempre. Era el más veterano. A pesar de que aquel local había sufrido varias reformas y cambiado de dueños, ese camarero había sobrevivido y formaba parte perpetua de aquel escenario. Era la marca indiscutible de que se encontraba allí, en el lugar de siempre.

            Aquel día de muchos, un desconocido se le acercó y le pidió permiso para sentarse con él. Al principio se extrañó y estuvo a punto de darle una negativa por respuesta. No lo conocía de nada. Pero después de pensárselo durante un instante, accedió amablemente. Podría ser interesante. Miró a aquel extraño de arriba a abajo, escrutando su apariencia mientras tomaba asiento. Era un chico joven, no llegaría a los dieciocho. Pensó en que por la diferencia de edad, podría ser su padre. Al joven se le veía preocupado, no hacía más que mirar, nervioso, en todas direcciones.

            ¿No te habrás metido en un lío? le preguntó.
            ...no... bueno... titubeó el chico.   
            Entonces, decidió dejar las cosas claras desde el principio. No quería complicaciones, así que le dijo:
           
Si quieres charlar, no tengo ningún inconveniente, pero no quiero problemas. ¿Me has entendido? dijo mientras cerraba el periódico y lo dejaba lentamente en un extremo de la mesa.
            Eee... si. No tiene por qué preocuparse, se lo prometo dijo con voz temblorosa.
            Bueno, pues... ¿Eres de por aquí?... dijo entablando conversación.
            El joven se pasó las manos por su enmarañado cabello castaño, se frotó sus rojizos ojos y suspiró largamente. Miró a aquel extraño y cuando sus ojos se cruzaron con su mirada, los apartó rápidamente y se giró de medio lado. Rehuyendo.
            A ver dijo mientras tomaba un sorbo de café—. Tranquilízate. Quieres tomar algo... Yo te invito.
            No. Perdone. Tengo dinero... ya que es tan amable de acogerme en su mesa y me permite hacerle compañía, deje que yo le invite.

            Aquel chico le pareció muy educado. Sí señor, unos buenos modales, como a él le gustaba. Siempre había entendido las diferencias entre generaciones pero una de las cosas que siempre echaba de menos era el desaparecido respeto de los jóvenes a los mayores. En su época aquella disciplina había sido grabada a fuego y era algo que en los días de hoy se hacía difícil de encontrar. Pero aquel chico, la tenía. Eso le hizo relajarse y abrirse hacia él.

            Pues me parece bien respondió con una sonrisa—. Pídeme otro café. Solo, por favor.
            Muy bien. Yo tomaré lo mismo.

            El chico se levantó y entró en el bar para encargar la consumición. Al poco rato salió y volvió a sentarse en la terraza. Entonces el señor retomando la conversación le preguntó:

            ¿Eres de por aquí?
            Pues sí respondió—, vivo un par de calles más abajo.
            Ah, que suerte, esta es una zona muy bonita. Yo diría que de mis favoritas en esta ciudad. Y a qué te dedicas, estudias, ¿no?.
            No. Ahora mismo no puedo estudiar. He tenido que dejar los estudios para ayudar en casa.
            Pues que pena. Lo siento mucho. Pero no desesperes, seguramente podrás retomarlos más adelante. Nunca es tarde.
            Ya. Eso ya lo sé pero ahora no es posible. Es necesaria mi ayuda en casa...
            Y... si puede saberse, ¿cuál es el problema?, ¿económicos, tal vez?
            No, gracias a Dios, tenemos dinero. Es por cuestión de cuidados...
            Ah, entiendo interrumpió—. Seguramente tienes un familiar enfermo al que has de cuidar.
            Pues, si. Es exactamente eso. No me queda tiempo libre para nada. He de estar todo el día cuidándole.
            ¿Y ahora?, estás descansando un poco, me imagino. Desconectando.
            Claro. Hay que tomarse algún respiro. Tomarse un poco de tiempo para uno mismo. Y siempre suelo acabar aquí, en esta mesa de esta terraza. Tomando un buen café, antes de volver a casa.
            Eso me gusta. Este bar me gusta. Yo también suelo venir muy a menudo desde hace ya muchos años. Sin embargo, no me doy cuenta de haberte visto antes.
            No se dará cuenta. Yo a usted si que le recuerdo de otras ocasiones.
            Bueno, has de perdonar a este pobre viejo. Ya se sabe que a ciertas edades la memoria... juega malas pasadas.
            Pues la verdad es que si. Pero no se preocupe.

            Entonces se formó un largo silencio en aquella terraza. Los dos se miraban sin decir nada. Él miraba al joven con pena. Parecía buen chico y además educado. Sentía mucho el hecho de que no pudiese llevar a cabo su vida por estar cuidando de un familiar.

            El joven, seguía preocupado, nervioso. Debía decirle algo a aquel hombre y no sabía cómo. Estaba cayendo la noche y se hacía tarde. Debía irse. Entonces se dirigió a él, tranquilo pero con tono serio.

            Bueno, tenemos que irnos. Empieza a hacer frío. ¿Si es tan amable, podría acompañarme?.
            ¿Yo?, ¿acompañarte?. ¿Porqué iba a hacer eso?, no nos conocemos de nada.
            Venga, no me lo pongas más difícil, por favor.
            No entiendo nada. ¡Pero quién te crees que eres!
            Venga conmigo insistió—, por favor. Le llevaré a casa dijo mientras se levantaba y le cogía por un brazo.
            ¡Déjeme! le gritó, mientras de un tirón se soltaba —. ¡No me toque o llamaré a la policía!
            Por favor... Papá. Deja que te lleve a casa...






4 comentarios:

  1. Ooohhh! Conmocionada estoy con este relato, el Alzheimer es así de cruel.
    Saludos, Mó

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La verdad es que si...
      Gracias por venir hasta aquí.
      Un abrazo grande.

      Eliminar
  2. Hola Tony, muy buen relato, me enganchó hasta ese final inesperado.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un final que desvela lo dura que puede ser una situación cotidiana, inocua, a los ojos del espectador externo, pero dura y difícil para quien conoce su significado completo... en fin, como la vida misma.
      Me alegro de que te haya gustado, y me ha hecho mucha ilusión verte por aquí. Gracias.
      Te dejo un fuerte abrazo.

      Eliminar

Gracias por tus palabras