Lucía estaba con su madre en el almacén de
don Lalo, cuando escuchó la musiquita que avanzaba por la calle, anunciando la
llegada del circo. Ella, una muchacha, que no era niña y no era adulta aún, a
los quince años, todavía se entusiasmaba con la llegada de estos espectáculos.
Siempre en primavera hacían su aparición
por la calle principal, rodeando la plaza, anunciándose con altavoces. La gente
de los alrededores se acercaban a la calzada para verlos pasar y, Lucía, no
sería la excepción.
─¡Lucía! ─gritó su madre ─¿a dónde vas?
─¡El circo, mamá! ─contestó la muchacha
exaltada ─¡Voy a verlos!
─¡No corras, espérame!
Lucía, que ya había salido a la carrera del
almacén, se devolvió para ayudar a su madre con las bolsas. Ambas caminaron
hasta la esquina de la plaza, en dirección al sonido de la música.
─Mamá, debo ir al circo ─le pidió a su
madre con cara de súplica, mientras miraban pasar los camiones que llevaban,
pintado a los costados, un gran logo que decía "Gran Circo
Magnífico".
─Pero mamá ─protestó la muchacha ─mañana es
sábado. No tengo clases.
─Mañana veremos Lucía, no seas ansiosa
─repuso la madre dando por terminada la conversación.
Lucía volvió a su casa feliz, porque sentía
seguridad en poder convencer al padre. Él no le negaba casi nada.
Lucía era la única hija de unos padres
amorosos pero a la vez aprensivos. No le negaban nada, pero estaban siempre al
pendiente de lo que hacía, casi nunca salía sin compañía.
Al día siguiente estaba sentada en primera
fila con su padre. Era la función de la tarde, y había muchos niños.
Ese sábado se había levantado temprano y
había ayudado a su madre con los quehaceres de la casa, después de hacer sus
tareas escolares. Sus méritos, se habían visto recompensados con las entradas
para el circo.
La carpa era muy grande y de vistosos
colores, tenían también unos caballos y un tigre. La banda empezó a tocar una
música introductoria, típica de los espectáculos circenses y luego el Señor
Corales hizo su aparición en la pista.
─Como es costumbre, el Gran Circo
Magnífico, se complace en presentar su gran espectáculo de primavera. Más de
cincuenta artistas venidos de todas partes del mundo para entretener a grandes
y chicos. Damas y caballeros, niños y niñas, ¡sean ustedes bienvenidos al Gran
Circo Magnífico!
La muchacha estaba maravillada con el
espectáculo, parecía una niña pequeña. Su padre reía con ella de las payasadas
de los cómicos, y ambos contenían la respiración cuando el domador le tomaba la
pata al tigre. Las hermosas amazonas que montaban los caballos tenían con la
boca abierta a los señores, y los niños, no podían creer que las
contorsionistas pudieran doblarse tanto.
Pero lo que más llamó la atención de Lucía
fueron los trapecistas. Jóvenes fuertes, volando, y haciendo piruetas por los
aires. Se le escapaba un grito, cada vez que pensó que se podían caer. Pero
nada sucedió, los artistas, expertos en el arte, terminaron el número sin
dificultad.
Esa noche Lucía soñó que vestía un traje
brillante y se lanzaba de un trapecio decorado con flores, para caer en las
manos de un joven que la catapultaba de vuelta al trapecio de flores. El público aplaudía a
rabiar y ella hacía una reverencia desde lo alto.
Pilar Lepe
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Gracias por este regalo, Pilar!!! Eres grande!!!
ResponderEliminarun abrazo
Me gusto mucho tu relato! Me recordó mucho mi niñez. Te sigo desde BEE, un abrazo :)
ResponderEliminarTe invito a mi blog http://katmayac.blogspot.com/
Muchas gracias a ustedes. Kat, ahora te busco. De Tú a Tú, esa dirección no existe hace mucho tiempo, no tengo idea por qué saldrá aún. Ahora es:
ResponderEliminarwww.pilarlepe.com
Besos!